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El espectador vago

Un recorrido por el género audiovisual del siglo XXI: las series televisivas, sus códigos y los nuevos espectadores.

Antes de comenzar, quiero dejar claro que me gusta ver series y que hay algunas realmente muy buenas. Las series televisivas de hoy han renovado un formato que convoca a millones de espectadores. Paradójicamente, los usuarios de medios tecnológicos que rara vez “soportan” un producto de más de dos minutos de duración son los mismos que se enganchan con ficciones que se prolongan durante semanas, meses y años, con largas esperas entre una temporada y la siguiente.

Está claro que la serie no es un invento nuevo y que no siempre fue llamada “serie”. Sitcom, tira, telenovela: la serie actual es un híbrido que ha logrado unir la calidad audiovisual del cine, con guiones de alta complejidad, generando unicidad de cada capítulo con introducción, nudo y desenlace… y las duraciones maratónicas de las telenovelas.

No se ha establecido con certeza cual fue la primera serie, o similar, en ser emitida por la televisión. Fue Betty Boop en 1932 para algunos, otros recién evocan la serie educativa The world is your home en 1944. Lo que no se duda es que la primera sitcom exitosa en Estados Unidos fue “I love Lucy”, que conquistó Norteamérica y el mundo en 1951 de la mano de la capocómica Lucille Ball. Años después llegaría un hito que se llevó los laureles de esos primeros años: Bonanza que arrancó en 1959 y duró catorce años. En Argentina, el primer hito fue para La Familia Falcón que todavía hoy recuerdan nuestros padres cantando “Juntitos, juntitos”.

Durante las siguientes décadas del siglo XX hubo un avance en la generación de series, con similares características a las actuales pero con una gran diferencia: aquellas planteaban una situación establecida, con personajes sin grandes cambios internos, pero que en cada capítulo resolvían algún crimen (desde Starsky & Hutch hasta CSI), salvaban un conflicto familiar (desde la Familia Ingalls hasta The Nanny) o rescataban a bañistas (Baywatch). En el camino se enamoraban, se desenamoraban, pero no había grandes cambios o al menos no eran constantes. Algunas fueron llamadas sitcoms, “comedias de situación”. Las otras podrían haberse llamado “series de situación”.

Si bien a comienzos de los 90s hubo esbozos de corta duración que buscaban innovar en este lenguaje (Twin Peaks y Prime Suspect) la explosión llegó durante esta nueva centuria, más precisamente en 2005. Con la llegada de Lost las series comenzaban a tener conflictos muy dinámicos, múltiples cambios en las situaciones de sus personajes, sumando además nuevas intrigas que atrapaban -a veces incluso irresponsablemente, a habitantes de todo el globo. No eran solo buenas historias: eran personajes difíciles de definir, progresiones entre capítulos que hacían clave cada escena y un factor externo clave: la irrupción del streaming y la proliferación de torrents posibilitaron a muchísimos nuevos espectadores ir “enganchándose” aprovechando la posibilidad de ponerse al día gracias a internet. Así, en su primera temporada, las historias de Jack, Kate, Sawyer & cía atraían alrededor de 15 millones de nortemericanos en cada episodio pero llegaban a cientos de millones de espectadores en todo el mundo. Una década despúes, la serie Walking Dead -la más vista de la historia, no logra superar esa audiencia inicial de Lost.

Sobredosis de TV

Lo que me inquieta hace un tiempo es la percepción de que las series se han “llevado” gran cantidad de horas de atención de millones de espectadores, orientando su mirada hacia la televisión y los dispositivos electrónicos. Así, guiones intrincados y productores enriqueciéndose generan que una historia (es decir, el devenir de uno o varios personajes a lo largo de un tiempo determinado, atravesando diversos conflictos) dure 46 horas y media como Breaking Bad, 91 horas como Lost, o las -agárrense- casi 15.000 horas por las que se estiró la serie record americana Guiding Light. Saber cómo termina esta serie nos llevaría un año y medio de visión 24/7 ininterrumpida frente a la TV. Pueden medir las horas que han pasado mirando series en acá (Yo ya pasé 15 días y 5 horas frente a la pantalla… hasta ahora).

En cambio, un largometraje (o su sobreestimulada prima lejana, la obra teatral), nos cuenta una historia y si es buena nos inquieta, nos interroga, nos angustia, nos emociona, nos lleva al clímax en solamente una hora y media. O dos. O tres y pico, si quieren, como muchísimo. Alguna vez Béla Tarr transgredió esto caprichosamente con sus casi ocho horas en “Satantango” pero es una rarísima excepción.

¿Se justifica esta enorme disparidad para llevar adelante narrativas que, en definitiva, son bastante similares y cumplen parecidos objetivos?

La percepción atenta

Cuando vemos una película desde el primer minuto nos entregamos a la observación poniendo detallada atención en lo que sucede. Cada minuto el conflicto avanza, se presentan personajes, lugares, situaciones. Cada dato vertido tendrá una importancia en el desarrollo de la historia. Se presenta un protagonista, identificamos su conflicto, tratamos de dilucidar bien qué o quién se le opone y qué se puede hacer para avanzar. El conflicto puede ser interior, la película puede ser tediosa y lenta, pero eso no deja de obligarnos a percibir un conflicto y seguir los pasos hacia su resolución.

Cuando vemos una serie también estamos atentos intensamente en sus comienzos. Queremos identificar lo mismo que en un largometraje, una obra de teatro, un cuento o una radionovela. Sin embargo sabemos que los conflictos variarán y que la resolución está bien, bien lejos, que la información nos será dada a cuentagotas. Con el devenir de una serie queda claro que, en cada capítulo de aproximadamente una hora, las progresiones del conflicto serán pocas, a veces mínimas o nulas. Por algo el famoso “previously”, que resume lo sucedido en el capítulo anterior, dura un puñado de segundos.

Por otro lado, cuando ya conocemos a los protagonistas, sus conflictos, objetivos e intereses y sus contradicciones y ambigüedades, cada vez que llega un nuevo capítulo el esfuerzo es mínimo: solo debemos registrar los nuevos avances en la situación de los personajes.

Esto sin dudas es lo primero que me remite a la idea de “espectador vago” que fomenta la proliferación indiscriminada de series, o al menos, lo que le sucede a quien se entrega a este tipo de narrativa y deja de lado otras más condensadas y exigentes como el cine, la novela o el teatro.

El estiramiento innecesario

Si hay algo que realmente me jode cuando veo una serie es la sensación de que me hicieron estar frente a la pantalla el tiempo que los productores convinieron en el contrato, no el que la historia realmente necesita. Y por supuesto, sin darle a los guionistas material suficiente para llenar ese sagrado espacio audiovisual.

Ya sean las innecesarias escenas de sexo en True Detective, el famoso capítulo de “la mosca” en Breaking Bad o directamente los últimos 16 episodios de Twin Peaks donde, con el conflicto resuelto y con David Lynch abandonando el bote, estiraron lo inestirable, es notorio cómo los guionistas a veces hacen malabares para robarnos tiempo de nuestra vida. Fue mundial la decepción por las últimas temporadas de la serie madre, “Lost”, que arrancó maravillosamente y fue perdiendo fuerza porque el doble filo del éxito obligó a generar nuevas líneas argumentales. Homeland se obligó a continuar sin su principal protagonista, Nicholas Brody, traicionando su tesis inicial. Ambas series perdieron entre un 25% y 35% de audiencia en sus últimas temporadas, contrariamente a otras series que no se han traicionado y duplicaron o triplicaron su audiencia, como Walking Dead.

Cuando se produce un largometraje generalmente los productores buscan acortar duraciones. Si bien eso no es necesariamente bueno, obliga al desafío creativo de la condensación. En la serie, el objetivo es ocupar tiempo como sea, generar conflicto donde no lo hay y eso, amigos, nunca es bueno.

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Una decepción personal

Una de las series precursoras de este renovado formato fue The Sopranos, con el maravilloso James Gandolfini, exitosísima emisión de 1999. Intenté verla y realmente me entusiasmé con los primeros capítulos. Los personajes, la temática, la recreación de un mundo mafioso más terrenal, tangible.
Todo venía bien… hasta que sucedió algo que me desmotivó: durante la segunda temporada aparece un testigo que podría mandar al protagonista a la cárcel, algo que parece irreversible. Aquí se planteaba un cambio radical en la historia, un vuelco en la forma de vida del gran Tony Soprano… pero no: en un momento un personaje le cuenta a Tony que todo se solucionó sin mayores problemas mientras él solucionaba otras cuestiones. Estaba claro: no habría grandes avances y si bien cada capítulo resolvería un problema, la situación general del personaje parecía intocable. Fue tal mi decepción al darme cuenta que los cambios serían tan ínfimos y que había sido engañado en vano, que la dejé.

Sanas excepciones… y un raro caso

Opino sin embargo que algunos casos son excepciones a lo antes comentado. Game of Thrones, si bien tiene algunas líneas argumentales más fuertes que otras, sin dudas maneja una gran cantidad personajes y conflictos que incluso exceden las posibilidades del género. Además se ha permitido algo que ha sorprendido absolutamente a todos: borrar del camino a personajes que parecían destinados a librar hasta la última batalla con muertes inesperadas.

Por su lado, Breaking Bad, más allá de algunos lapsus y el capítulo que hemos objetado, encontró un personaje tan apasionante que podría justificar las horas que nos hizo invertirle al inolvidable Heisenberg. Ha además llevado a un altísimo nivel la calidad del relato, la puesta en escena además de obtener actuaciones maravillosas.

Un extraño caso es la colombiana “Pablo Escobar: el patrón del mal”: si bien su factura técnica es deplorable y solo salva al producto la gran actuación de Andrés Parra, el derrotero del más bestial y hábil narcotraficante colombiano, la guerra que desató contra su propio país, los alcances inconmensurables de su negocio y su poder así como su polémico final, podrían contarse en mucho más que 113 capítulos.

Último episodio

No escondo mi subjetividad ni propongo imponérsela a nadie. Reitero el disfrute que me producen muchas series, pero no por eso dejo de ver sus particularidades. El espectador nunca es de por sí vago: desde hace milenios siempre estamos en la búsqueda de historias, personajes, momentos de climax que nos identifican con series ficticios, inexistentes, meras representaciones. Pero estamos cansados, después de un largo día. Estamos cansados los fines de semana. Nuestro cerebro a veces nos pide más entretenimiento y menos desafíos. Y allí parece haber calado hondo la serie actual. La percepción audiovisual de las nuevas generaciones es muy diferente a la de nuestros padres y abuelos. Sin dudas hemos ganado en varios aspectos pero ¿puede ser que un espectador serial de series pierda calidad en su observación respecto a un observador de cine?

Las series se han erigido como la gran forma de narrar historias en este pedazo de la Historia. Por eso exijamos más, no entreguemos nuestra valiosa atención a bajo costo, valoremos nuestra mirada y nuestras ganas de descubrir muchos nuevos mundos en ese extraño éter de las ficciones audiovisuales.

Martín Kraut
2016

 

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Posted: April 13, 2016

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