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Ángeles y demonios

Lo primero que se percibe al entrar a la sala es que es demasiado chica. El hecho de que un supuesto asesino esté a centímetros de los padres de su víctima es escalofriante. El recinto donde se llevará a cabo el juicio por el crimen contra Ángeles Rawson consta tan solo de cuatro filas de cinco asientos para el público y los medios. Hoy, todos vamos a respirar el mismo aire.

También salta a la vista y al olfato que la sala está desvencijada. En el Palacio de Justicia hay una estratificación arquitectónica que tiene correlación con su estado de conservación y mantenimiento. Así como en el infierno de Dante, aquí también hay siete pisos. El cuarto, donde funciona la Corte Suprema, está en excelentes condiciones, pintado, limpio y restaurado. Luce siempre refulgente, renovado y eterno. Pero cuando uno va subiendo hacia los andares superiores, la magia se va desvaneciendo, opacando. En el sexto piso, la sala 6018 ocupa un anónimo rincón, los asientos están cuarteados y la incansable gomaespuma brota por los lados como recuerdos incómodos un domingo a la tarde. La bandera argentina es celeste y beige con un sol opaco. Los aires acondicionados no le dan batalla a los 32ºC del exterior, así que toda la jornada nos depara calor y encierro.

A las ocho de la mañana, el equipo de filmación arma los trípodes y monta las cámaras. Afuera hay un clima ansiógeno. En los pasillos circulan secretarios, policías, ordenanzas, familiares tanto de la víctima como del acusado. Más abajo, frente a la fachada, aguardan sin esperar los periodistas. Cuando ven al abogado Pablo Lanusse o a alguna cara conocida, se abalanzan en búsqueda de alguna impresión previa al comienzo del juicio.

En la sala la luz del sol es bloqueada por las cortinas color verde terroso. La puerta se abre e ingresan un par de oficiales del Servicio Penitenciario trayendo al reo: Jorge Néstor Mangeri recorre la sala con las manos esposadas, la cabeza gacha y un gesto silencioso hasta donde le indican que será su lugar durante el proceso. Entre lo opaco de la sala, el acusado resalta por su palidez, que imagino producto de una larguísima exposición a las sombras, al encierro total en las entrañas de otro infierno con rejas y candados. La magnitud del delito que se le acusa y la mediatización del caso fueron, a fin de cuentas, un bálsamo para el portero de Ravignani 2360: gracias a su fama las autoridades del penal de Ezeiza se vieron obligadas a alojarlo en el pabellón H1, un rejunte de presos con cierta celebridad, para que estén protegidos. Allí supieron pasar sus horas Eduardo Vázquez, baterista de Callejeros, Jorge Pedraza, condenado por el asesinato de Mariano Ferreyra e incluso un narco colombiano tuvo al ex portero bajo su ala. Dentro del pabellón su función es… limpiar. Conserva las mañas, Mangeri. Aunque los veinte meses de prisión encovaron su metro y setenta y ocho centímetros. Sus ojos ausentes están abrasados por ojeras oscuras y revueltas. Su mirada vaga como buscando un atajo hacia otros tiempos.

Uno de los dos penitenciarios que lo acompañan saca una llave de su pantalón celeste oscuro y abre los grilletes. Al parecer, el acusado no genera simpatías tampoco en las fuerzas del orden: a diferencia de las esposas flojas, casi sueltas, que le he visto lucir a Videla, Astiz o Santos -jefe de la Policía Federal durante la represión de la crisis del 2001-, los hierros apretados dejan una notoria marca rojiza en la piel de Mangeri, que toma asiento sobre una pequeña butaca algo inclinada hacia atrás. Vencida. Como este hombre que, sentado en ella, se acaricia las muñecas para que la sangre vuelva a circular y borre las marcas de la fuerza pública. Fueron, justamente, rasguños en su piel parte de las evidencias que lo trajeron hasta aquí: Mangeri juró haberse caído de la escalera, pero todo indica que eran las huellas de las uñas de su joven víctima.

Lejos en tiempo y espacio de este volcánico suceso, ahí está el supuesto asesino. Solo. Carente de toda esa fuerza que lo llevó a cometer una aberración como la que le imputan. Debe ser un efecto de la altura del techo de las salas donde se realizan los juicios, o quizá sea por la lenta trituración del espíritu que impone el confinamiento en prisión, pero Mangeri parece mucho más pequeño. La remera blanca es casi una continuación de su piel y su cabello, rapado, presenta huecos enormes, otros pequeños, caóticos. Algo sin dudas hay desordenado en esa cabeza.

La puerta se abre y silenciosamente hace su entrada un puñado de familiares de Ángeles. Se destacan su madre Jimena y su padre, Franklin. Aunque separados hace varios años, están unidos en la adversidad, tomando sus manos y acompañándose en respetuoso silencio. A Jimena se la percibe devastada, absorbida por el dolor y la estupefacción, parece otra persona que la que vi en televisión  hace ya casi dos años. Franklin mantiene el gesto serio como su riguroso traje y corbata. Solo sus calurosas medias Adidas negras de segunda mano desentonan con su carácter y con la temperatura de este miércoles de febrero. Giro un poco más y en el mismo plano de mi mirada están, juntos, papá, mamá y el portero. El efecto expansivo de un crimen así destruye a víctimas y victimarios.

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La demora, una arraigada costumbre judicial, aquí no se hace esperar. Una hora después de lo previsto llega el momento. El silencio, mezclado con el calor y el aroma que despiden los cuerpos, se transforma en una masa informe que abraza toda la ceremonia. Entran los secretarios, piden a los presentes que se pongan de pie, ingresan los magistrados y el juicio comienza oficialmente. Afuera, mediante un parlante, sigue el desarrollo de la audiencia un grupo de familiares y amigos del único imputado por el homicidio de Ángeles Rawson. Abajo, en su camiones de transmisión, los móviles de televisión reciben la señal de transmisión que muestra un primer plano de Mangeri y la retransmiten a todo el país. Ellos, los medios, ya dieron su veredicto y por ende también lo hizo la sociedad. Sin embargo, esto recién está por comenzar.

La secretaria comienza la lectura de los autos de elevación a juicio. Los procesos de la Santa Inquisición donde se ejecutaban muertes en la hoguera, torturas, humillaciones se llamaban  “autos de fe”. Perseguían brujas y herejes, judíos y liberepensadores, libertinos y libertarios, pobres y trabajadores, nunca poderosos. Dice mucho que nadie se haya tomado el trabajo de erradicar esa palabra, “autos”, en seiscientos años. Hoy le toca a Mangeri experimentar como son los “autos” del siglo veintiuno.

Mientras la secretaria lee lo que el fiscal afirma que sucedió aquel 10 de junio de 2013, la madre de la víctima es consolada por una bella joven que no deja de abrazarla y contenerla. El padre, que toma la otra mano de su ex mujer, y mira de reojo hacia el rincón donde está el imputado. Están a pasos de distancia y no le dicen nada, sumidos en el peso de ese silencio, en todo lo que reprimen durante estas horas largas y sinuosas. Qué ganas de gritar.

Jorge Nestor Mangeri acapara todas las miradas, aunque sean de reojo. La presentación del fiscal parece imposible de refutar. Son varias las pruebas en su contra. Solo el ADN de Mangeri dentro de las uñas de Ángeles es suficiente para condenarlo. ¿Por qué lo hizo? Conocía a esa chica desde sus cinco años, la veía todos los días, ¿por qué entonces esa mañana de lunes y no otra? ¿Qué había pasado esa mañana?

Si bien fue un crimen sexual, tal vez Mangeri se sintió contenido por la inocencia de su vecina, quizá incluso la amó, soñó con ella, sintió algo que no sentía hacía décadas. Aunque probablemente no. ¿Pensó que ella accedería y luego la quiso forzar o estaba resuelto a violarla? ¿Cuántas veces se imaginó haciendo el amor con ella? ¿Trató de besarla, abrazarla? ¿Es Mangeri un demente, un psicópata asesino o un tipo normal, como el periodista que toma notas atrás o el juez que mira con los ojos atentos, pero que sucumbió a la cálida ternura de una jovencita de 16 años y no supo manejarlo? ¿Puede haber amor en un acto así?

La enumeración continúa. Costillas rotas, una bolsa de basura en la cabeza, un cuerpo hallado en un basural. Moretones en su entrepierna. Mangeri no pestañea, no reacciona, creo que ni escucha el repaso que se hace frente a todos de su miseria privada. ¿Cuántas veces por día repetirá en su cabeza las imagenes de esa mañana fatídica que tuvo su hora crucial a las 9:53? La inevitabilidad del tiempo: doy por sentado que el ex portero cambiaría todo por volver atrás y seguir limpiando el palier de aquella mañana de otoño luego de decir “Chau, Angie” con una sonrisa displicente, mientras la chica entra al departamento de la planta baja para cambiarse luego de su clase de gimnasia, ¿pero será así? ¿O sentirá que todo este proceso, este martirio, vale la pena por haber un solo instante encima de ella?

La secretaria no para de leer, en un proceso que se extenderá por tres horas con dos cuartos intermedios. Por momentos su voz monótona emula la cadencia acelerada de los locutores de radio que hacen los anuncios legales luego de cada publicidad. El fiscal acusa a este hombre que pesa más de cien kilos de haber atacado a Ángeles, que pesaba la mitad, haberla golpeado, intentado violarla y, ante la resistencia de la niña, apretado su cuello, tapando su boca y nariz con la otra mano para asfixiarla hasta matarla. El acusado no reacciona. Silencio. ¿Cómo no se para y comienza a los gritos para terminar ya con esta lectura, este juicio? Qué le den perpetua y ya, que lo fusilen, pero que dejen de desnudar ese momento tan íntimo, tan suyo… La peor de sus miserias. Yo siento que haría eso. Gritaría. ¿Haría eso?

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Me doy cuenta de que en realidad las preguntas sobre él son sobre mi, sobre nosotros, nuestros límites, nuestras represiones, nuestro delicado equilibrio para salir cada día y volver a casa sin entregarnos a la animalidad. Este portero de Palermo, padre de familia, parece haber desatado por unos instantes una locura demoníaca que late, en mayor o menos estado, en cada una de nuestras acciones. Por esa razón se vuelve tan urgente poner en primera plana todas estas erupciones de la más baja humanidad.

Pero ninguno de estos divagues parece importar ya a Jorge Nestor Mangeri. Su suerte está echada y él lo sabe. Su nombre ha sido mencionado más en estas horas en su presencia que en ningún otro evento de su vida. Se lo ha acusado del más aborrecible crimen. Todo el país está deseando verlo tras las rejas hasta su último día. Pero en su rincón oscuro de la sala, en su silla vencida, ajeno a ellos y nosotros, incluso a todas mis preguntas, el portero deja caer sus párpados con disimulo, inclina levemente su cabeza hacia su izquierda… y duerme.

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Martin Kraut (Marzo, 2015)

Fotos: CIJ / TELAM / Flia Rawson

 

 

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Posted: March 10, 2015

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