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Adentro del Volcán

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Llegar a Volcán no es especialmente complicado, solo está a un par de horas de Santiago, en el centro de Chile. Sin embargo este pequeño pueblo, con sus veinte habitantes, encontró -o más bien se topó, con la manera de estar aislado del mundo, casi en otro tiempo. Un tiempo opaco y parsimonioso, lúgubre pero tranquilo, oscilante entre los inviernos nevados y los veranos ventosos. En un rincón dentro del Cajón del Maipo, aprisionado contra los cerros, en un desvío mal señalizado, el poblado es una pequeña gema escondida, gastada, melancólica. Sin ningún atractivo turístico. 

Formado, como tantos, en la periferia de una mina de cobre, Volcán tuvo su esplendor hace algunas décadas. Pero cuando los yacimientos se agotaron casi toda la gente huyó para otros destinos, golondrinas que dejaron tras sí nidos de hormingón, piedra y barro. Hoy están cubiertas por chapas que generan un emparchado irregular, coloreado por el óxido y el olvido.

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En el camino de tierra que ingresa al pueblo queda el único restaurant: La Novia del Minero. Imposible no preguntarse dónde estará el huidizo minero. Pero ella, la novia, o alguna de ellas, se encuentra adentro atendiendo y al menos podrá vendernos algo de beber. De fondo suena Pimpinela y no hay ningún comensal a las cuatro de la tarde. La mujer, bajita, sonríe detrás del mostrador con unos ojos que parecen haber estado siempre entrecerrados, luchando contra el viento y el polvo. Solo una mesa ocupada: una amiga la espera para seguir hablando de novios perdidos. Aunque parece ansiosa por regresar a su silla, la mujer al menos me revela que en Volcán solo quedan veinte habitantes. “Somos como los 33”, me dicen entre risas.

Metros más adelante, un hombre viejo, con la piel zarpullida y los cabellos blancos, mira al vacío en silencio. Me atrevo a preguntarle cuál de los cerros que nos observan es el dichoso volcán que da nombre al pueblo y la respuesta, algo entrecortada, consiste en que está lejos, a varios kilómetros. Ni siquiera pueden verlo, son como una subsidiaria del volcán, una sucursal. Solo me queda conocer a diecisiete habitantes más.

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Al meterse más adentro del Volcán, hay un claro que divide las callecitas hacia tres direcciones. Cada una sigue su camino durante unos trescientes metros. No hay mucho más. Un viejo depósito, un puesto sanitario que no abre y tres perros solitarios, pero compañeros. Las puertas de casi todas las casas están cerradas. Hay candados, tapias, clavos, alambres de púas. 

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Las maderas y las chapas, cada cual a su manera, se van gastando con el tiempo y dibujando en sus texturas nuevos entramados. Me pregunto qué protegen tantos esfuerzos por mantener las puertas cerradas. Al espiar dentro de una de las casas, solo hay piso de tierra y paredes resquebrajadas. Y nadie parece querer volver a vivir en ellas.

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Trato de imaginarme la rutina de Volcán durante la producción de cobre. Un par de autos viejos recorriendo las tres o cuatro callecitas de tierra. El restaurant (llamado entonces “El minero”) rebosante de gente porque es fin de semana y hay que celebrar que cierra la mina. La cancha de basket, que ahora tiene un aro solitario, desvencijado, rebosante de niños que no se achican ante su corta estatura y apuntan al cielo con todas sus fuerzas. El silencio contrasta esas imágenes. El murmullo del Maipo y la queja del viento son lo único que oímos. Hasta que de repente tres jovencitas pasan caminando, riéndose, como si vivir en un pueblo casi fantasma fuera lo más normal del mundo. Probablemente lo sea.

Quizá para no ser olvidados, como simple testimonio de su paso por Volcán, muchos dejaron sus nombres eternizado en las paredes que los protegieron del hostil clima andino. Casi 37 años vivió allí ese tal “A. Rojo”. ¿Es esa inscripción su carta de despedida o su epitafio? Dudo que alguno de los veinte quiera contestarme.

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Al regresar al comienzo, en el pequeño puestito de policía, el chofer de “la micro” que sale a las 17.30h está tomando una sopa y bebiendo una copa. Tiene las manos gastadas y la sonrisa esquiva. Tenemos que esperar un rato. Menos mal.

Y así, estando, se hace la hora de partir. Pero algo, un poquito, una estela, un eco del murmullo, sigue estando ahí

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Texto y fotografía: Martín Kraut

Octubre 2014

 

 

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Posted: October 21, 2014

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