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LAS HUELLAS MINERAS EN LATINOAMÉRICA

Potosi

A lo largo de mis experiencias viajeras a través de América, desde 2004 en adelante, en muchos lugares encontré los ecos de los picos y palas que durante centurias –y en algunos casos aun hoy, tallaron las montañas en busca de metales. También los estruendos de dinamita, que acrecentaron la producción, los accidentes y las muertes. Fueron esos metales el objetivo y el combustible del genocidio latinoamericano pasado, mientras que ir a su encuentro fue para mi una gran revelación del presente.

El Cerro Rico, el pueblo pobre

Cada vez que miro el mapa de Sudamérica hay un agujero negro. Una mancha oscura, profunda, difícil de explicar en el medio de los Andes. Tres sílabas que resuenan en nuestra memoria desde que las escuchamos en boca de alguna maestra de primaria: “Potosí”. La plata del Potosí. Una abstracción incomprensible para un niño del siglo veintiuno: toneladas de plata sacadas con trabajo humano, transportada sobre caballos durante meses para viajar a su vez un larguísimo trecho por martes intrépidos y surtidos de piratas hasta alguna bóveda oscura de un banco europeo. Todo lo que hoy se pretende lograr con un par de clicks.

Con los años, la historia de Potosí llegó en libros y relatos, pero igualmente me resultaba incomprensible, casi una entelequia. Un hueco tormentoso en el mapa. Las lecturas sobre su descubrimiento, explotación, plenitud y decadencia me aportaron historias, anécdotas, pensamientos. Pero el manchón en el mapa, surcando la mitad del continente, seguía ahí. Será quizá por eso que mi primer viaje “en serio” fue hacia allí, a Bolivia, continuando luego por Perú y terminando en Ecuador, en el centro de la Tierra. Tenía veintidós años.

Llegué a Potosí junto a tres amigos y dos amigas tras veinte días de viaje. Ya al subir las empinadas calles en busca de alojamiento, cargando la mochila grande, la mochila chica, la cámara, se siente que el aire se escurre de entre los pulmones. La ciudad tiene una mezcla de resplandor y sombra, indicios de glorias pasadas diluidos en la angustia del que se sabe saqueado.

Cuando nos detenemos en la base del Cerro Rico de Potosí sobreviene el ahogo. Los casi cinco mil metros de altura nos sacan una parte del oxígeno. Lo poco que queda se va al observar la entrada a la mina. El cono ocre del cerro, surcado por camiones, atraviesa un cielo gris que estremece. La llegada de Zenón nos tranquiliza un poco. Bajito y fuerte, de pómulos salidos y cara cuadrada, casco en mano, nos saluda y comienza el extraño tour. Su leve tos me llama la atención mientras nos cuenta que este cono fue descubierto en 1545, cambiando la historia de la región -y de Occidente- para siempre. Con su mano nos indica el camino e ingresaremos a los túneles, en donde trabaja en la mina desde los 14 años junto a dos hermanos y su tío, siempre con su “acuyico” de coca en la boca.

El frío y la humedad aumentan mientras recorremos la mina linterna en mano. Nos encontramos con miradas esquivas, unos pocos saludos tímidos, el repiqueteo compulsivo de las herramientas contra la piedra. Zenón se maneja allí dentro con comodidad, es difícil seguirle el ritmo. Túneles laterales, una gélida humedad en las piedras, el barro y la oscuridad. Las deidades (“Pachamama”) así como los diablos mineros (“Tío Jorge”) que nos cruzamos son los mismos que consolaron a miles de indígenas traídos de todo el continente con esclavos del África y otros desgraciados que trabajaban de sol a sol sin ver el sol, sacando a veces la tierra de las paredes con sus propias manos. Los masacrados por la Mita y el Yanaconazgo. De repente un estallido. Dinamita. Hacemos el ejercicio de apagar las linternas un instante. Escalofríos. La mancha negra. La vena más abierta de América Latina, la más desangrada, la más violada. Nosotros por suerte podemos salir de ese hueco infinito, pero es difícil no pensar en los quedaron, quedan, quedarán.

Nos alejamos un poco, nos despedimos de Zenón y le damos su propina. Salimos bajo una llovizna llamada a dar un tono melancólico a la escena, caminando en silencio. Giramos y allí está ese cono montañoso terco, insistente, que aguantó ya medio milenio de vejaciones que recuerdan al peor crimen de guerra. Qué paradoja: el cerro Rico, el pueblo pobre. Salimos a caminar por Potosí y descubrimos las reliquias que dejaron quienes usufructuaron la riqueza natural y humana del continente: 36 Iglesias con altares bañados en plata, oro o piedras preciosas, edificios imponentes con tejas color sangre, balcones tallados con recuerdos de gloria, campanarios desde donde se ve Cerro Rico, omnipresente como un dios pagano.  Una particularidad: Potosí cuenta con el único lugar del planeta donde hay venta libre de dinamita y nitrato de amonio, el Mercado Minero, que vende además overoles, sogas, cascos, botas, cigarrillos “matapulmones” (con coca, eucaliptus, anís y tabaco) o bolsas de coca.

Pero no todo es melancolía en la antigua niña mimada del Virreinato del Alto Perú. En sus calles casi techadas por balcones coloniales los potosinos se animan a sonreír, se encuentran en bares para beber su singani –bebida autóctona elaborada con uvas-, escuchan cumbias y cuecas. Y, como a escondidas, algunos todavía inflan el pecho: un grupo de descendientes de los Incas desata una batalla diplomática legal para repatriar monedas de plata halladas en barcos hundidos. Estas piezas fueron acuñadas tras brotar de los pulmones del Potosí. Y Evo Morales por su parte, hoy le reclama a Europa la devolución del “préstamo” de 185 mil kilos de oro que hizo América a Europa durante la conquista. ¿O acaso no fue todo sacado legítimamente según ellos?

Nada borra la mancha, la huella, pero sobre ella al menos se puede volver a pintar.

diario viaje potosi copia

Mi diario de viajes

 

(Parte II: Ouro Preto, Brasil)

 

 

 

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Posted: May 22, 2014

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